La loza dorada malagueña.

Dic 22, 2018 | 0 Comentarios

Ataifor decorado en dorado y azul procedente de la Alcazaba de Málaga./M. D. M.

La loza dorada de Al-Ándalus es considerada por los historiadores como la joya del arte cerámico en el sur de Europa durante el periodo comprendido entre el siglo X y el XV, pero todavía queda mucho por conocer sobre cómo se fabricaba y sobre el papel que jugaba en la sociedad andalusí (esta técnica es la que dio lugar a los famosos jarrones de la Alhambra). El arqueólogo cartameño Francisco Melero, junto a un equipo multidisciplinar formado por expertos de todo el país, ha publicado recientemente los resultados de un ambicioso estudio que profundiza en las técnicas y materiales que empleaban los artesanos para conseguir este llamativo resultado y que ha llevado a los investigadores a una conclusión que revisa por completo los atributos de este tipo de producción. «En los últimos años de su auge pasó de ser un arte exclusivo de la alta sociedad a un objeto algo más asequible y común».

La exposición tuvo lugar en Atenas, en el marco del XII Congreso Internacional AIECM3 sobre Cerámica Medieval y Moderna del Mediterráneo. Al abordar el trabajo, Melero quería detallar al máximo los procesos productivos de los artesanos que manufacturaban la cerámica dorada en la Málaga nazarí, para diferenciarla de otras corrientes artesanas similares como las valencianas de Paterna y Manises, con las que estuvo compitiendo en los mercados de los siglos XIV y XV. Ya se habían realizado estudios similares con anterioridad basados en piezas atribuidas a Málaga depositadas en museos internacionales como el Victoria & Albert Museum de Londres, pero nunca en Málaga y por científicos de la provincia.

La excepcionalidad del estudio malagueño está en que las piezas analizadas son, por primera vez, desechos de los alfareros de la localidad: piezas que habían sido descartadas de la producción tras producirse un fallo en la cocción o sufrir algún desperfecto y acabaron siendo arrojadas a hoyos o testares dispuestos en los entornos de los hornos. De esta manera, Melero y los suyos han podido garantizar que todas las muestras son de los talleres nazaríes malagueños, descartando que el material estudiado pueda estar mezclado con el de otros centros productores foráneos, y han tenido acceso a la materia en diferentes estados de su proceso.

Las alfarerías de Málaga y Valencia compitieron por exportar piezas de esta cerámica

Las cerámicas estudiadas fueron descubiertas por la empresa Grupo Nerea, en una excavación arqueológica llevada a cabo por los arqueólogos Miguel Á. Sabastro, Daniel Florido y Nieves Ruiz, en calle Dos Aceras de Málaga. También se sumaron otras piezas recogidas del vertedero medieval de Cártama. Pero Melero no ha estado solo en su búsqueda: tras realizar un estudio previo y una selección específica, las muestras han sido analizadas con métodos arqueométricos, tanto en sus pastas como en sus cubiertas vidriadas, por la doctora Judit Molera, de la Facultad de Ciencias y Tecnología de la Universidad de Vic, y por la catedrática Trinitat Pradell, del departamento de Física de la Universidad Politécnica de Catalunya.

Resultados

Para comprender los resultados del estudio, Melero explica que hay que distinguir entre los dos componentes que dan forma a la loza dorada: la pasta arcillosa, es decir, la base de las creaciones, y el vidriado que atribuía la decoración tan característica en la que estaba la clave del prestigio asociado a estas cerámicas. En cuanto a la arcilla, su estudio permite distinguir y conocer al detalle las características del terreno del que se extrajo el material y los investigadores han podido comprobar que el proceso de elaboración de la pasta era muy diferente al de los talleres valencianos, ya que en Málaga se mantuvo la técnica tradicional hasta el final del auge de la producción. Para el vidriado, los alfareros malagueños empleaban una compleja mezcla de cuarzo, hematites, cinabrio, óxido de cobre, plata, calcita, casiterita y fosfatos de plomo y calcio hidratados.

En este punto, Melero explica que el análisis ha permitido disociar con mayor detalle las diferencias entre la cerámica malagueña y la de sus principales competidores en el Levante, que se decantaron por unos procesos más elaborados y refinados. Los productos de los talleres de Paterna y Manises eran cristianos y los de Málaga nazaríes, y ambos alcanzaron un gran valor en el mercado internacional, convirtiéndose en un objeto clave en las exportaciones y que llegó a múltiples rincones del mundo. En el apartado químico del vidriado, Melero explica que los procesos eran «idénticos», al igual que los materiales empleados pese a pequeñas variaciones porcentuales.

Paco Melero durante su vista a Atenas con motivo de su participación en el XII Congreso Internacional de AIECM3 sobre cerámica medieval y moderna, donde expuso su estudio sobre la loza.
Paco Melero durante su vista a Atenas con motivo de su participación en el XII Congreso Internacional de AIECM3 sobre cerámica medieval y moderna, donde expuso su estudio sobre la loza. / ELENA SALINAS

Sin embargo, este estudio viene a aportar una revisión a lo que se conoce hasta ahora sobre la cerámica dorada (especialmente en torno a la conocida como ‘loza dorada y azul’, una variedad estrictamente nazarí). Según las conclusiones de Melero, la mayoría de la literatura académica que analiza la loza dorada atribuye esta cerámica a la alta sociedad como ornamentación exclusiva de palacios y familias de alto poder adquisitivo. Pero los estudios realizados permiten matizar que «a mediados del siglo XIV y durante el XV, la producción se populariza», quizá gracias a la competición entre las alfarerías de ambos lados de la frontera de los reinos, por lo que «se democratizó» y acabó convirtiéndose en un producto más «popular».

Esta reflexión va acompañada por un fenómeno que el propio Melero lleva observando en la provincia de Málaga junto a sus colegas profesionales: «En las excavaciones de esa época, la loza dorada y azul aparece como un componente más en la vajilla de amplios grupos sociales, desde cualquier vivienda de una medina como Málaga, hasta fortalezas de primera línea de frontera como Cañete la Real».

La loza dorada ha formado parte de la vida y obra de múltiples arqueólogos, historiadores y científicos. Manuel Gómez-Moreno (Granada, 1870-1970), es quizá uno de los más relevantes a la hora del análisis de esta técnica. En estudios como ‘Loza dorada primitiva de Málaga’, publicado en 1940, el experto desgranaba las claves y la importancia histórica de este tipo de producción cerámica.

El historiador malagueño Pedro Rodríguez Oliva explica a SUR que uno de los máximos responsables de que la loza dorada sea considerada como el máximo exponente de la manufactura nazarí malagueña fue Juan Temboury, que durante sus reformas de la Alcazaba encontró, analizó y archivó decenas de muestras. Como delegado de Bellas Artes, Temboury inició una restauración durante la Segunda República y otra en los años cuarenta, donde la loza dorada surgía de entre los restos como pepitas de oro que iban dando forma al fondo de armario de lo que hoy es el Museo de Málaga, en el que hay expuestas cientos de piezas, algunas completas, otras conservadas en menor grado, pero todas ilustrativas de la calidad y el proceso alfarero que se desarrolló en la Málaga de Al-Ándalus.

Pero, según apunta Pérez Malumbres, el brillo de la loza ha fascinado a los historiadores desde que se estudia el arte. De hecho, existen documentos que referencian el magnetismo de esta técnica en el último siglo de su producción, como las Cartas de la Reina de Aragón a Don Pedro Boil (1454), una de las cuales titula ‘La Loza Dorada de Manises’, un encargo al alfarero de una vajilla completa compuesta por dos platos para dar agua a manos, otros para vianda, comer, escudillas, jarras y otros enseres que la reina quería poder mostrar durante las recepciones reales.

Este y otros documentos han avalado hasta ahora la teoría de que la loza dorada era exclusiva de palacios nazaríes en el sur y cristianos en la zona conquistada. Ahora, la propuesta del historiador y arqueólogo Paco Melero aporta un nuevo concepto en el que la proliferación de talleres popularizó su uso entre la plebe nazarí.

 

Fuente: www.diariosur.es

Fernando Torres